La monarquía tradicional y hereditaria

24 de junio de 2023 • fjbalon

Hoy en día es común encontrarse algunas personas que se hacen llamar monárquicas, y parece haber distintos tipos, formas y tiempos para la monarquía, así como hay diferencias accidentales e incluso algunas fundamentales según en qué reino o tradición nos encontremos. Es preciso por lo tanto saber a qué me estoy refiriendo como monarquía, en un sentido amplio y filosofico. Me atrevo, entonces y antes de iniciar el texto, a sostener que hoy día prácticamente no existen monárquicos, siendo éstos un nicho marginal; pese a que muchos así se llaman y no lo son.

El presente texto presumirá y entenderá que el lector ya ha leído De la democracia, o que al menos está versado en los términos. Así, la monarquía responde a una de las tres formas clásicas de gobierno: monarquía, aristocracia y politeia, siendo el principio monárquico aquel que concreta el poder en una persona. Si tenemos en cuenta que el fin del gobierno es ser un medio por el cual se elige al gobernante, se delimite la forma y alcance de dicho gobierno, tenemos que tener en cuenta que el fin último, recibido del pensamiento clásico, es el bien de los gobernados mediante la virtud. A tener en cuenta también que, si bien el Rey sería el medio para facilitar las condiciones adecuadas para lograr dicho fin, entendiendo que el medio de la sociedad para que el hombre lo logre no es el gobierno, sino la Iglesia. Por ello es necesario comprender las separaciones entre la naturaleza natural (valga la redundancia) y temporal del gobierno monárquico y aquella sobrenatural e intemporal, que derivaría de la Iglesia.

Entendemos, por otro lado, que lógicamente que no se puede ser demócrata y monárquico, siendo principios incompatibles y siendo que uno no puede existir sin agotar al otro en el mismo plano. En el artículo predecesor ya esquematicé sobre los atributos que critico de la democracia y que concluyo que se trata de una mala forma de gobierno. En este, haré lo propio con la monarquía.

En primer lugar, de cara al Principio de autoridad y la obediencia, la monarquía saldría beneficiada ya que, al fundarse en la tradición de la familia real, que corona la sociedad -compuesta a su vez por familias-, prescinde del ineficaz proceso electivo. Ineficaz, en este caso, respecto la lealtad de los súbditos y gobernados. Esto permite a la monarquía abrazarse al Principio de Estabilidad, que crea una durabilidad necesaria en la creación de lazos afectivos entre la institución y el pueblo, debido a la continuidad natural en la sucesión: la herencia. Así, la lealtad y obediencia del pueblo serían reforzadas en la forma de la monarquía hereditaria1.

Así, el Principio de estabilidad sería reforzado, siendo primeramente por experiencia histórica la más invariable y robusta forma de gobierno, soportando simultáneamente cuestiones teóricas. Si bien la ausencia de proceso electivo la hace menos dependiente, aunque no indiferente, del apoyo popular o de cualquier influencia externa, la propia sucesión hereditaria:

Observamos que la monarquía hereditaria sería el sistema de gobierno más estable2. Por otro lado, al otorgar al Rey su puesto por derecho de nacimiento y no por factores circunstanciales o externos, no introduce de primeras deuda o dependencia alguna, por lo que el Principio de justicia y libertad sería más fácil de alcanzar. Y al tratarse de un sistema personalista, en el que no existe Estado abstracto, sino un sistema natural per se en el que un conjunto de familias -base de la sociedad- es gobernada por una familia, prolongación natural de las sociedades que, mediante su desarrollo a través de cuerpos intermedios, alcanzan la propia institución familiar como base y culminación la propia sociedad. El reino, por tanto, ve en los reyes aquellos que tienen la vocación divina del gobierno, y sobre ellos pesa la responsabilidad del bien de sus súbditos (al igual que sobre el padre pesa el bien de sus hijos). Es por esta razón, que en caso de existir alguna demanda popular, existen caminos y medios físicos para actuar contra la familia real, pues es una familia existente y no abstracta, lo que aporta un mayor grado de justicia de los gobernados sobre los gobernantes, que no existe en regímenes abstractos y contractuales como los actuales.

La consecuencia del espíritu desvinculandor e individualista, engendró lo que podríamos llamar el apartamiento de la sociedad respecto del hombre concreto. La sociedad fue en otro tiempo algo que, impalpablemente, estaba entre los hombres constituyendo su profesión, su familia, su pueblo. No obstante, la sociedad moderna ha convertido al hombre en una criatura al servicio del Estado, el cual le hace creer que es dueño de la libertad que el propio Estado le otorga. Libertad que para obtenerla ha sido despojado de sus libertades concretas. La monarquía tradicional viene a diferenciar que el concepto de sociedad no es sólo el Estado, sino que hay sociedades previas al mismo. El rey, por tanto, sabe que está sustentado por unas sociedades, que configuran otras sociedades dando todo ello lugar a un sistema presidido por el propio monarca. La monarquía tradicional constituye pues el Régimen contrario a la libertad abstracta, y garante de las libertades concretas.

Definiríamos además a la monarquía tradicional como un sistema representativo. Anclado y basado en el Principio de subsidiariedad que cristaliza en los fueros, manifestación legal y política de la visión de la comunidad a la manera del corpus mysticum del que hablan nuestros clásicos. Los fueros son un concepto fundamental en la monarquía, pues es el revestimiento legal de esas sociedades. Por ellos, las sanas costumbres cristalizan en leyes que pasarán a formar parte de la esencia de la sociedad. Siendo misión de la política no definir abstracciones irrealizables, sino hacer posible para cada hombre el ejercicio de la libertad en elegir su destino trascendente, desenvolviendo su naturaleza libérrima de modo que no sea lesivo para sí ni perjudicial para el orden social; lo cual sólo será posible cuando se articule la convivencia humana en sistemas orgánicos de libertades concretas. La realidad histórica y la raigambre metafísica del hombre proclaman su condición de ser concreto, capaz de usar apenas de libertades políticas concretas.

El Principio eficiente es la condición que suele usarse como argumentación contra la monarquía hereditaria, pues aun admitiendo que es la forma de gobierno que mejor encarna el Principio de Autoridad en la obediencia, la estabilidad y la justicia; no compensa -según defienden- la ausencia de meritocracia que provoca que el gobernante lo sea por derecho de nacimiento, introduciendo una ineficiencia al no elegirse como gobernante al mejor para el cargo. El problema con dicho argumento es doble:

  1. Hace una falsa identificación entre la persona con mejores dotes para gobernar y la persona que daría mejor resultado como gobernante: un buen gobernante sin medios (otorgados por la estabilidad y la obediencia) daría resultados más ineficientes que un gobernante poco dotado con medios más adecuados. Incluso aunque mediante un proceso electivo fuera uno capaz de elegir a una persona muy dotada para el gobierno, esta contaría con peores medios que un Rey por nacimiento por lo que hemos expuesto antes, ya que tendría que gobernar con una legitimidad más volátil que la que ofrece la monarquía hereditaria y con una situación de mayor inestabilidad.
  2. Presupone que existe alguna forma de gobierno que asegura meritocracia en el proceso electivo, cuando la experiencia demuestra que suelen hacerlo más por retórica sofística que otros méritos para el cargo. Cabe destacar y repetir que la capacidad del Rey para gobernar está lejos de ser algo arbitrario, precisamente al existir la sucesión y conocerse por Derecho, lo que permite una educación desde el primer instante de su vida, en las dotes necesarias para el gobierno.

Al aportar como hemos visto la monarquía hereditaria una mayor estabilidad que otras formas de gobierno permite al gobernante la aplicación de políticas necesarias aunque impopulares sin tener que temer a la pérdida de su cargo, igualmente permite un pensamiento a largo plazo que se ve desincentivado en las formas de gobierno donde hay un proceso electivo cada cierto periodo de tiempo, pues en ese caso hay incentivos para tomar o dejar de tomar medidas políticas no buscando lo mejor para el pueblo sino lo mejor para la reelección, introduciendo así una actitud cortoplacista en los gobernantes que es claramente ineficiente.

Heródoto de Halicarnaso propone el principio monárquico como superior sobre otras formas de gobierno, haciendo una ácida crítica a la democracia. Y es que los tres gobiernos propuestos, el del vulgo -politeia, democracia-, el de los nobles -aristocracia- y el de un monarca, aun cuando se suponga cada cuál en un género es mejor, el de un rey -opina Heródoto- excede en mucho a los demás:

«Y opino así, porque no veo que pueda darse persona más adecuada para el gobierno que la de un varón en todo grande y sobresaliente, que asistido de una prudencia política igual a sus eminentes talentos, sepa regir el cuerpo entero de la monarquía de modo que en nada se le pueda reprender; y tenga asimismo la ventaja del secreto en las determinaciones que fuere preciso tomar contra los enemigos de la corona. Paso a la oligarquía, en la cual, siendo muchos en dar pruebas de valor y en granjear méritos para con el público, es consecuencia natural que la misma emulación engendre aversión y odio de unos hacia los otros; pues queriendo cada cual ser el principal autor y como cabeza en las resoluciones públicas, es necesario que den en grandes discordias y mutuas enemistades, que de las enemistades pasen a las sediciones de los partidos, y de las muertes a la monarquía, dando con este último recurso una prueba real de que es este el mejor de todos los gobiernos posibles. ¿Qué diré del estado popular, en el cual es imposible que no vayan anidando el cohecho y la corrupción en el manejo de los negocios? Adoptada una vez esta lucrativa iniquidad y familiarizada entre los que administran los empleos en vez de odio no engendra sino harta unión en los magistrados de una misma gavilla que se aprovechan privadamente del gobierno y se cubren mutuamente por no quedar en descubierto ante el pueblo. De este modo suelen andar los negocios de la república, hasta tanto que un magistrado les aplica el remedio, y logra que el desorden público cese y acabe. Con esto, viniendo a ser objeto de la admiración del vulgo, ábrese camino con ella para llegar a ser monarca, dando en esto una nueva prueba de que la monarquía es el gobierno más acertado. Y, para decirlo en una palabra, ¿de dónde vino a la Persia, pregunto, la independencia y libertad pública? ¿Quién fue el autor de su imperio? ¿Fue acaso el pueblo? ¿Fue por ventura la oligarquía? ¿O fue más bien un monarca? En suma, mi parecer es que nosotros los persas, hechos antes libres y señores del imperio por un varón, por el gran Ciro, mantengamos el mismo sistema de gobierno, sin alterar de ningún modo las leyes y fueros de la patria, lo más útil que contemplo para nosotros.»

Heródoto de Halicarnaso, Historias, LXXXII.

El mismo santo Tomás de Aquino viene a defender el principio monárquico mediante un detenido estudio filosófico y teológico en De regimine principum, culminando la revitalización de la filosofía política clásica por medio de la medieval (aunque el santo seguirá a Aristóteles). Por otro lado, el estudio detallado de la teología cristiana (véase Ergo rex es tu?) no tendría, para un cristiano, ninguna otra respuesta válida más que la primacía espiritual de la monarquía; y por ello la monarquía debe ser católica, pues católica es la esencia del pensamiento monárquico medieval y la sacralización del pensamiento clásico, siendo la defensa de la Fe la causa y fin de la propia monarquía hispánica. Además, la monarquía tradicional debe estar integrada en la Cristiandad (materialización civil de la unidad católica). Para ello debe ser un régimen en el cual la gracia pueda operar, es decir, debe ser un régimen natural. Y por eso debe estar integrada en el orden natural de la Creación, de tal suerte que respete el origen divino del poder y de la justicia, y por lo tanto, la subordinación indirecta de lo civil a lo religioso. Por ello, no se concibe la monarquía tradicional sin su esencia católica (de hecho, la monarquía hispánica también fue conocida como la monarquía católica).

No por casualidad, durante toda la Historia hasta la Revolución imperaba el régimen monárquico: es el análisis detenido de las formas de gobierno, unido al deber de transmisión que imprime la Tradición, lo que cristalizó el conjunto orgánico de monarquias que integraban la Cristiandad. Así, considero elemental la recuperación de una opción política, correcta y demostrada a la que es preciso aferrarse para la restitución del orden clásico. Dicha opción no podría ser otra que la monarquía tradicional, nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia. Monarquía que ha padecido el liberalismo tanto en lo personal (con la usurpación) como en lo doctrinal (con la Revolución), generando ese engendro paradójico que hoy llaman monarquía parlamentaria, que no puede ser otra cosa que liberalismo disfrazado de cetro y corona.

En conclusión, la monarquía hereditaria además de ser la forma de gobierno tradicional de España se muestra también como la opción más práctica para lograr un buen gobierno, debido a su mayor predisposición para crear lealtad en la población y su mayor estabilidad, incorruptibilidad y eficiencia. El hecho de que muchas personas sean reacias a siquiera considerar esta forma de gobierno como aceptable se deriva más que de un análisis serio de sus características, de una falsa presuposición de que es injusto que el gobernante tenga su cargo por nacimiento en vez de por méritos, pero aparte de ser seguramente algo iluso suponer que otras formas de gobierno implican esa meritocracia, el fin que se busca lograr al establecer una forma de gobierno es facilitar lo más posible un buen gobierno, y si eso lo logra la monarquía hereditaria, no hay nada injusto en ello que nos obligue a usar otras formas de gobierno aun siendo peores, el cargo de gobernante no es algo que se deba por justicia al que mayores capacidades tenga para gobernar, el fin del cargo es como expusimos en el principio el bien común del pueblo gobernado, y si eso se consigue mejor con un sistema no meritocrático no hay nada de malo en ello.


1 Los regímenes dictatoriales serían, por la experiencia, los más adecuados para lograr obediencia -a parte de las posibles disidencias-. Sin embargo, su principal debilidad parece estar en el hecho de la sucesión del poder, ya que, la legitimidad del gobernante pasa por méritos concretos, hecho que produce mayor debilidad e inestabilidad. Se introduce en dicha sucesión de nuevo, el proceso electivo.

2 En los regímenes dictatoriales también hay inestabilidad, aunque menor, pues el gobernante depende en buena parte del apoyo popular, que puede ser volátil, y de aquellos que han favorecido su llegada al poder en primera instancia. En este caso la sucesión no suele conllevar ese giro en el ideario político, sin embargo sí es fuente de influencias externas e internas que le pueden producir mayor inestabilidad.