De la caballerosidad de Cristo y la Magdalena, de Leonardo Castellani

27 de junio de 2026 • fjbalon

En el libro de «El Evangelio de Jesucristo», de Leonardo Castellani; libro sublime donde los haya, y en la introducción que hace al Evangelio de Juan, toca un tema que para mí, se convirtió en pilar fundamental de mi religiosidad cuando lo leí. Y es que, como Juan Manuel de Prada, confieso que Castellani ha sido luz en las noches de la fe. Me tomo la libertad de citarlo:

«Mas cualquiera que lee con un poco de intuición psicológica el Evangelio de San Juan, tiene la impresión neta de que ésa es una misma mujer: sus gestos son iguales a sí mismos; que es la impresión que ha tenido durante siglos la Iglesia. Hay un exquisito drama discretamente velado detrás de esos episodios sueltos, y su hilo psicológico es visible. Cristo se dio el lujo de salvar a una mujer, que es la hazaña por antonomasia del caballero, no sólo salvarle la vida, como San Jorge o Sir Galaad, sino restablecerla en su honor y restituirla perdonada y honorada a su casa, con un nuevo honor que solamente Él pudiera dar. En la caballería occidental, los dos hechos esenciales del caballero son combatir hasta la muerte por la justicia y salvar a una mujer: “defender a las mujeres y no reñir sin motivo”, que dice Calderón [...]. Cristo hizo los dos; y siendo El lo más alto que existe, su “dama” tuvo que ser lo más bajo que existe, porque sólo Dios puede levantar lo más bajo hasta la mayor altura; que es Él mismo.

Cristo ejerció la más alta caballería. Los románticos del siglo pasado y los delicuescentes del nuestro tienen una devoción morbosa por la Magdalena; pero no precisamente por la Penitente1, que el Tintoretto pintó con toda la gama de los gualdas en su hórrida cueva de solitaria, sino por la otra, por la mujer perdida, por la traviata o la dama de las camelias; de la cual han hecho un tema literario bastante estúpido [...]. Pero todos estos filibusteros, o fili-embusteros, de la Magdalena no saben mucho, de la caballería menos, y del amor a Cristo absolutamente nada. “¡Cristo se enamoró de una mujer!” -dicen muy contentos-. “¡Qué humano!”. Sí. Cristo se enamoró perdidamente de la Humanidad perdida; y la vio como en cifra en una pobre mujer, sobre la cual vertió regiamente todas sus riquezas. Así pues Cristo fue con María de Magdala -y con la Humanidad perdida que ella representaba- simplemente justo, hablando en ley de amor; e infinitamente generoso, dadivoso y pródigo, hasta la locura, hablando en ley de temor...»

1 Esta es la pintura a la que se refería Castellani, la de la Magdalena Penitente de Tintoretto (1518-1594).

Si se mira bien, diría Castellani, ser caballero no es ser inmensamente únicamente generoso, sino más ser simplemente justo. Siguiendo un poco la estela de Søren Kierkegaard, una de las aspiraciones primitivamente esenciales de toda mujer es la de ser adorada por un hombre, ser una cosa divina para el varón: como madre, amada o musa. Este hecho es raíz de máxima vanidad, o de máxima seriedad de la mujer, según cómo se temple. Pues bien, Cristo dio a la Magdalena su pleno derecho: «Siendo Dios, y sin descender un punto, puso a una mujer allí donde ella quiere -y tiene derecho a- ser puesta, a una mujer perdida; es decir, presa de la desesperación; pues no hay desesperación concebible como la de amar mucho -según de ella atestiguó el Señor- sin tener objeto que se ame: digno de ser infinitamente amado y capaz de corresponder infinitamente». Y es que la mujer está íntimamente ligada al caballero, como diría el canónigo Emilio Enciso Viana: «la caballerosidad es el culto a la dignidad de la mujer nacida de la religión».

Y es que la Magalena Penitente es un tema recurrente en el arte tradicional, especialmente en el Renacimiento y el Barroco. María de Magdala se retira al desierto para hacer penitencia por su vida pasada, después de haber sido restaurada en Cristo, restaurada por el Perfecto Caballero. Su iconografía es muy reconocible: se le presenta como una mujer de extraordinaria belleza, parcialmente desnuda y con cabello largo, medita ante el crucifijo y la calavera, y suele acompañar también de libros, ungüento o frasco. Castellani destaca la Penitente de Tintoretto, yo destaco la de Murillo o la de Mateo Cerezo:

Así, la Magdalena es la dama por excelencia, la que representa a la humanidad y a la mujer caída y amada hasta la locura por el Perfecto Caballero. Por eso, la Magdalena Penitente no es una pecadora cualquiera, sino el trofeo y la gloria del amor caballeresco de Cristo.