De la necesidad de la caballería, de C.S. Lewis

1 de julio de 2026 • fjbalon

La necesidad de la caballería, o The Necessity of Chivalry es un ensayo que C.S. Lewis, al parecer, durante la Segunda Guerra Mundial; lo que probablemente le llevó a la reflexión sobre la naturaleza guerrera del hombre, el sacrificio, la violencia... Es un ensayo corto, que podría resumirse en un solo párrafo, si me preguntan:

«El caballero es un hombre de sangre y hierro, un hombre familiarizado con la visión de rostros destrozados y los muñones irregulares de miembros cercenados; es también un huésped recatado, casi virginal, en el salón, un hombre gentil, modesto y discreto. No es un compromiso ni un término medio feliz entre la ferocidad y la mansedumbre; es feroz hasta el extremo y manso hasta el extremo.

No voy a traducirlo ni transliterarlo entero, eso lo puede hacer el lector a través de este enlace, pero sí voy a destacar lo que para mí son las partes más importantes o destacables. Y es que Lewis hace un buen análisis de la caballería como lo profundamente necesario y práctico hoy día. La caballería es tanto la carga pesada como ceder tu asiento a una dama en un tren, dice. Pero para entender lo que es la caballería lo hemos de hacer como un ideal, un ideal distinto a otros ideales: es la concepción medieval y particular del hombre comme il faut, o tal como debe ser.

Así cita las palabras dirigidas al más grande de todos los caballeros, Sir Lancelot, en Morte Darthur de Thomas Malory:

«Tú fuiste el hombre más manso», dice Sir Ector al difunto Lancelote. «Tú fuiste el hombre más manso que jamás comió en el salón entre damas; y fuiste el caballero más severo con tu enemigo mortal que jamás puso lanza en ristre

Pero, ¿qué relevancia tiene, podríais preguntar, este ideal para el mundo moderno?, se pregunta Lewis. Es terriblemente relevante, se responde. Puede o no ser practicable, la Edad Media fracasó en cumplirlo (al menor en Inglaterra) pero es ciertamente práctico; práctico como el hecho de que los hombres en un desierto deben encontrar agua o morir. Así, la caballería

También Lewis medita acerca de la paradoja acerca del ideal en nuestros tiempos, y es que habiendo crecido todos en las ruinas de la tradición caballeresca, aprendimos en nuestra juventud que el matón es siempre un cobarde, y que un hombre valiente siempre es gentil. Eso es una mentira perniciosa porque pasa por alto la verdadera novedad y originalidad de la exigencia medieval sobre la naturaleza humana: lo refuta la historia y la experiencia. Aquiles no sabe nada de la modestia o la misericordia, Atila gustaba del terror que inspiraba, los romanos cuando capturaban enemigos valientes los llevaban por las calles como espectáculo antes de ejecutarlos. Y es que en la escuela descubrimos que el héroe del equipo de rugby podía ser un matón ruidoso, arrogante y dominante. Eran héroes que en tiempos de paz no encontraban lugar, salvo en Dartmoor (conocida cárcel británica). Así es el heroísmo a menudo fuera de la tradición caballeresca.

Pero es que lo normal y lógico es que los que son de hierro y sangre no pueda ser «mansos en el salón», como los que son «mansos en el salón» son inútiles en batalla. El ideal del caballero pretende unir ambas naturalezas, pretende «exigir valor al hombre urbano y modesto porque todos sabían que era más que probable que fuera un blandengue», pretende producir Lancelotes.

Pero no hay que olvidar que esa es la condición natural de los mansos y de los guerreros, el hombre que combina ambos caracteres, el caballero, «es una obra no de la naturaleza, sino del arte; de ese arte que tiene seres humanos, en lugar de lienzo o mármol, como medio».

Pero Lancelot no es irrecuperable. «Para algunos de nosotros esta guerra trajo una gloriosa sorpresa al descubrir que, después de veinte años de cinismo y cócteles, las virtudes heroicas seguían intactas en la generación más joven y listas para ejercerse en el momento en que se las llamara. Sin embargo, junto a esta «severidad» hay mucha «mansedumbre»; por todo lo que oigo, los jóvenes pilotos de la R.A.F. (a quienes debemos la vida hora tras hora) no son menos, sino más, urbanos y modestos que el modelo de 1915.»

Para Lewis, el mantenimiento de esta vida medieval, de este ideal heróico depende, en parte, de saber que el carácter caballeresco es arte, no naturaleza; algo que debe lograrse, no algo en que no se pueda confiar que ocurra por sí solo. Y esto se hace más acusado a medida que nos volvemos "más democráticos". En siglos anteriores, los vestigios de la caballería se mantuvieron vivos gracias a una clase especializada, desde la cual se extendieron a otras clases en parte por imitación y en parte por coerción...

Ahora parece que el pueblo debe ser caballeresco con sus propios recursos, o elegir entre las dos alternativas restantes: la brutalidad y la blandura. Esta es, de hecho, parte del problema general de una sociedad sin clases, que se menciona demasiado poco. ¿Su ethos será una síntesis de lo mejor de todas las clases, o un mero «depósito» con el sedimento de todas y las virtudes de ninguna?

Así, el inglés finaliza con que el ideal caballeresco es la única escapatoria posible de un mundo dividido entre lobos que no entienden, y ovejas que no se pueden defender, las cosas que hacen la vida deseable.