El espejo de Tarkovsky

13 de diciembre de 2022 • fjbalon

El cine de Andréi Tarkovsky es complejo. A menudo, se le critica por su ininteligibilidad o inexplicabilidad de sus cintas, y la que quizás es su cinta más difícil, «Espejo», de la que tomo el nombre para aludir el artículo, no es la excepción sino la cima. Ojo, esto no es una crítica ni análisis a dicha obra concreta, sino un ensayo a toda la filmografía del que, para mí, es el mayor cineasta de la historia del cine; y probablemente no vuelva a haber uno igual jamás. Lo admito, el cine de Tarkovsky ha cambiado mi percepción del llamado séptimo arte, y con ella, toda mi visión, intención y forma de disfrutarlo.

La obra menciona de Tarkovsky es crípticamente biográfica, a menudo no sigue un esquema clásico, en pos de un esquema poético, en el que prescinde de cronología y causalidad. Hay que tener en cuenta que Tarkovsky exige al espectador trabajo, elevándolo a co-autor de su obra, que ve como un producto inacabado. «¿Se tiene derecho a hacer que el espectador contemple los problemas personales de uno? ¿Es cierto que una historia de este tipo puede expresar algo general?» se pregunta Tarkovsky sobre la que es su película más personal. Toda su obra corresponde a una necesidad interna, estética y artística.

Lo principal que llama la atención al espectador, de cualquier obra de Tarkovsky pero -al menos para mí- en «Espejo», especialmente; es su belleza. El cine de Tarkovsky es bello, armonioso, fino; en el sentido más clásico: estético. El componente estético es casi fundamental en toda su obra, pues en la estética busca ascética. Es cierto que esa belleza se obnubila con una incomprensión y misterio característico, como en muchas obras de arte histórica que exigen esfuerzo ¿acaso alguien ha entendido íntegramente a Tomas de Aquino en la primera lectura? ¿se captan todos los matices de una obra de Bach en la primera audición? ¿por qué pedírselo a Tarkovsky? ¿o al cine en general? «La belleza es difícil», dicen que dijo Sócrates. Aunque no se comprenda, trasciende. Es complicado apartar los ojos de la pantalla, igual que es complicado apartar la mirada del fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, a pesar de ser imposible de comprender en su totalidad en un primer vistazo; y menos si no se está versado en la teología que encierra. Más allá de la intelección superficial, captar el sentido profundo exige participar los presupuestos intelectuales, en este caso de Tarkovsky, que no tienen nada que ver con los criterios vigentes o dominantes en la sociedad contemporánea.

Primero, es necesario comprender que su forma de entender el cine es más metafísica que clásica (en el sentido cinematográfico, claro); el cine como poesía, como haiku; causa de que el espacio-tiempo no sea lineal, sino que existe como movimiento en un presente eterno. Pasado y futuro se unen ontológicamente en la eternidad, y no en una cronología superficial. La temporalidad y la espacialidad se convierten en cualitativas y no en cuantitativas. Tarkovsky busca «esculpir el tiempo».

Los planos buscan plasmar el espíritu, buscando transmitirlo a través del estado psicológico de los personajes, que no necesariamente está subordinado a un guión o diálogo. Así, es posible entender a Tarkovsky desde un prisma clásico-medieval, bajo los pretextos de la tradición en el arte sagrado, como la música sacra o la iconografía ortodoxa.

Segundo, no se puede entender el cine de Tarkovsky sin entender, primero, que es cristiano viejo, pero no como se comprende obtusamente la religión en la actualidad, reducida a mera ideología o pretexto político; sino desde una comprensión sagrada, clásica y medieval, en el sentido viejo, que se debe una vivencia cosmológica de la sacralidad, donde hasta lo más mínimo y cotidiano tiene un sentido trascendente. Tarkovsky es un hombre de oración y silencio, partícipe de la ortodoxia y la catolicidad (aunque no fuera formalmente católico).

A consecuencia, su visión y cognosciencia se impregna de metafísica y alquimia que envuelve etéreamente por los cuatro elementos fundamentales (agua, fuego, aire, tierra) su filmografía, que como Tales de Mileto parece ver arkhé en el agua. Así, la creación refleja las virtudes de Dios; y así, el hombre se encuentra con Dios en la creación; en el sonido de la lluvia, en el fuego que consume, el aire que acaricia, la tierra mojada que se pisa...

Tercero, Tarkovsky es ruso. Pero no en un sentido materialista, o porque lo indique así su pasaporte. Tarkovsky es ruso tradicional, se siente plenamente partícipe del alma rusa y de la patria, quizá, los últimos europeos en perder su alma frente al materialismo moderno. La visión tradicional de la nación y los pueblos impregna en la vida y obra de Tarkovsky, que ve a su patria bajo un dominio enemigo a los que hay que resistir heróicamente, como el pueblo ruso resistió a los tártaros.

Comprendiendo así a Tarkovsky como un hombre, que como el Quijote, lucha contra el espíritu de su tiempo, que se eleva sobre las ruinas de una civilización que hubo, y de la que es partícipe. Un hombre de una profunda religiosidad.

En definitiva, cada película de Tarkovsky es una obra de contemplación, de oración, de elevación del espíritu, una obra para «esculpir el tiempo». Ante un mundo apocalíptico que le es ajeno, Tarkovsky reflexiona en recogimiento; fuera del tiempo y del espacio, fuera de la materia.