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      6 <title>Consideraciones católicas sobre «el verdadero, propio y sano racismo»</title>
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     12 <p class="title">Consideraciones católicas sobre «el verdadero, propio y sano racismo»</p>
     13 <p class="date">26 de julio de 2026 • fjbalon</p>
     14 </header>
     15 <p>Es bien sabido que la primera mitad del siglo XX se ha caracterizado por un auge en las ideas sobre la raza, que adquirieron un peso notable en amplios sectores de la política, la ciencia y -en menor medida- de la teología. El auge de la antropología física y de los estudios que pretendían clasificar y jerarquizar las razas humanas, jerarquías que no eran nuevas (me refiero, por ejemplo, a la jerarquía de la Monarquía Hispánica) pero que ahora se enmarcaban en corrientes darwinistas y eugunésicas; así como las preocupaciones de círculos intelectuales y políticos europeos por la preservación y el perfeccionamiento de su patrimonio racial o étnico; así como también la influencia de dichas concepciones en el clima ideológico que acompaño a las grandes guerras mundiales constituyeron fenómenos de enorme complejidad.</p>
     16 <p>Desgraciadamente, el estudio de estas ideas ha sido relegado al ostracismo desde la derrota alemana de 1945, caída de Europa para muchos -entre los que me incluyo-, y que se han mantenido dormidas durante la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en el entrado siglo XXI, las cuestiones vinculadas a la identidad racial y demográfica están recuperando la relevancia de antaño. Impulsadas principalmente por el problema de la inmigración masiva del tercer mundo hacia Europa, la ruptura de la cohesión social, el cambio demográfico, la sustitución racial, la pérdida del patrimonio cultural, etcétera; ofrecen una serie de cuestiones que parece que ni la jerarquía eclesiástica actual es capaz de enfrentar. De hecho parece más un problema que beneficia a la Iglesia, que lo defiende y lo promueve (el caso español es flagrante); principalmente fundamentado en el universalismo (que no universalidad) y que parece, a la luz de la modernidad, mal entendida; como citaré algunas cuestiones al respecto del tema de la raza.</p>
     17 <p>El primero que citaré será el obispo Conrad Gröber, arzobispo de Friburgo de Brisgovia desde 1932, y hasta su muerte. Nacido en Baden, ordenado sacerdote en 1897 y obispo de Meissen en 1931. Escribió un artículo sobre «<i>Rasse</i>» del <i>Handbuch der religiösen Gegenwartsfragen</i> (o <i>Manual de cuestiones religiosas contemporáneas</i>), publicado en 1937 y editado por el propio Gröber <span class="subrayado"><i>«con la recomendación del episcopado alemán en su conjunto»</i></span>.</p>
     18 <p>Y es que, el contexto de su tiempo es extremadamente interesante: se publicó cuatro años después del ascenso de Adolf Hitler al poder (1933) y de la firma del <i>Reichskonkordat</i> entre el Vaticano y el Tercer Reich. En plena fase de consolidación del régimen nazi, así como de los intentos de la Iglesia católica alemana de preservar su autonomía, escuelas, juventud y doctrina ante las crecientes pretensiones totalitarias del Estado. Y sobretodo, cuando las ideas de <i>higiene racial</i>, eugenesia y pureza de la sangre tenían cierta aceptación fuera de los círculos estrictamente nazis, así católicos.</p>
     19 <cita><p>«Puesto que cada pueblo tiene la responsabilidad de su propia existencia feliz, y la admisión de sangre completamente extranjera <span class="subrayado">supone siempre un riesgo para una nacionalidad de valor histórico probado, a ningún pueblo se le puede negar el derecho a preservar intacto su patrimonio racial anterior y a establecer las salvaguardias necesarias para ello</span>. La religión cristiana solo exige que los medios empleados no vulneren la ley moral ni la justicia natural.</p>
     20 <p>Por tanto, la legislación racial actual solo puede significar que la raza y la cultura autóctona deben ser protegidas de la degeneración y fomentadas. <span class="subrayado">Si un pueblo desea preservar su singularidad, los hijos e hijas hereditariamente sanos de las familias nativas deben casarse con personas de familias semejantes y evitar los matrimonios con personas de otras razas</span>, en el sentido antes indicado.»
     21 <p>...</p>
     22 <p>Debe añadirse aquí que, desde el punto de vista del cristianismo, la investigación racial científicamente fundada y el cuidado de la raza deben ser bienvenidos. <span class="subrayado">Todos estarán de acuerdo en que el amor al propio pueblo nunca debe convertirse en odio hacia los pueblos de distinta composición racial</span>. Odiamos el pecado, pero no a las personas que son racialmente diferentes de nosotros. Además, nadie creerá que la mera composición racial exime a nadie del deber moral de formarse perseverantemente en el cultivo de su alma. En este sentido, un cristiano valorará los medios de la gracia por encima de todo lo demás.</p>
     23 <p>...</p>
     24 <p>Un estudio racial y un cuidado de la raza que elevasen la raza misma al valor supremo como visión del mundo y de la vida, y que por tanto se vieran tentados a atacar al cristianismo mismo, estarían en un camino fatalmente equivocado. <span class="subrayado">Porque la raza y el cristianismo no son opuestos, sino órdenes diferentes que se complementan mutuamente</span>. La raza es algo dado por la naturaleza a cada individuo. El cristianismo es una revelación sobrenatural para todos los pueblos. De ambos órdenes, armoniosamente unidos entre sí, surge el perfeccionamiento de la personalidad, de la familia, del pueblo y de la humanidad.</p>
     25 <p><i>Handbuch der religiösen Gegenwartsfragen</i> (1937), págs. 437-438</p></cita>
     26 <p>Estas ideas evidentemente no son marginales, ni pendientes de una zona geográfica germana simplemente. El mismo año 1937, el Santo Padre Pío XI identificaba, en su Carta Encíclica <i><a href="https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_14031937_mit-brennender-sorge.html
     27 ">Mit Brennender Sorge</a></i> nº8, la raza como <span class="subrayado"><i>«valor fundamental de la comunidad humana»</i></span>, que posee una <span class="subrayado"><i>«función necesaria y honorable»</i></span> en los asuntos temporales; así como condena elevar la raza a norma suprema o divina, evidentemente.</p>
     28 <p>Un año más tarde, el mismo papa Pío XI defendería:</p> 
     29 <cita><p>«Con la universalidad está la esencia de la Iglesia Católica; pero con esta universalidad están también, <span class="subrayado">bien armonizadas, bien comprendidas y cada una en su lugar, las ideas de raza, de linaje</span>, de nación y de nacionalidad... No hay necesidad de ser demasiado exigentes: así como se dice género, puede decirse raza, y debe decirse que los hombres son ante todo un solo gran género, una sola gran familia… La humanidad es una, única, universal, raza católica. Sin embargo, de ningún modo se niega que <span class="subrayado">en esta raza universal haya lugar para las razas particulares y, como otras tantas variaciones sobre ellas, también para numerosas naciones aún más particularizadas</span>. Del mismo modo que en las grandes composiciones musicales existen importantes variaciones en las que se encuentra el mismo motivo general, que las inspira a todas y reaparece repetidamente con tonalidades, acentos y expresiones diferentes, así también en la humanidad existe una única, vasta, universal y católica raza humana, y junto a ella, y dentro de ella, diversas variaciones…»  
     30 </p><p>«<span class="subrayado">Esta es la respuesta de la Iglesia: esto es lo que la Iglesia considera el <b>verdadero, propio y sano racismo</b>, digno de los hombres considerados en su gran colectividad</span>. Todos del mismo modo: todos objeto del mismo afecto maternal, todos llamados a la misma luz de la verdad, del bien y de la caridad cristiana; para ser todos, en su propio país, en las nacionalidades particulares de cada uno, en su propia raza, propagadores de esta idea tan grande y magníficamente maternal, humana, incluso antes de ser cristiana.»
     31 </p><p><i>Discurso al Colegio de Propaganda</i>, transcripción publicada en <i>L'Osservatore Della Domenica</i> (1938)</p></cita>
     32 <p>En 1939 el papa Pío XII defendería en su encíclica <i><a href="https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_20101939_summi-pontificatus.html">Summi Pontificatus</a></i>, al respecto de la unidad de la sociedad humana:</p>
     33 <cita><p>«La Iglesia de Jesucristo, como fidelísima depositaria de la vivificante sabiduría divina, <span class="subrayado">no pretende menoscabar o menospreciar las características particulares que constituyen el modo de ser de cada pueblo; características que con razón <b>defienden los pueblos religiosa y celosamente como sagrada herencia</b></span>. La Iglesia busca la profunda unidad, configurada por un amor sobrenatural en el que todos los pueblos se ejerciten intensamente, no busca una uniformidad absoluta, exclusivamente externa, que debilite las fuerzas naturales propias. <span class="subrayado">Todas las normas y disposiciones que sirven para el desenvolvimiento prudente y para el aumento equilibrado de las propias energías y facultades —que nacen de las más recónditas entrañas de toda estirpe—, la Iglesia las aprueba y las secunda</span> con amor de madre, con tal que no se opongan a las obligaciones que impone el origen común y el común destino de todos los hombres.»</p>
     34 <p><i><a href="https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_20101939_summi-pontificatus.html">Summi Pontificatus</a></i>, nº35 (1939)</p></cita>
     35 <p>También en 1946 el papa Pío XII defendería ante el <i>Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede</i> que <i>«<span class="subrayado">La verdadera supranacionalidad de la Iglesia, que está lejos de proyectar una sombra sobre las nacionalidades particulares y pretender fundirlas a todas en una gris uniformidad, por el contrario, las favorece y las resalta, gracias a una feliz armonía</span>, las características y los recursos de cada una en lo que respecta a su autonomía y su originalidad»</i>, y en 1958 explicaría cómo los factores hereditarios -que incluyen la raza- impone ciertos deberes:</p>
     36 <cita><p>«Mejor advertidos de los problemas que plantean la genética y la gravedad de ciertas enfermedades hereditarias, los hombres de hoy, más que en el pasado, tienen el deber de tomar estas adquisiciones en consideración para evitar a sí mismos y evitar a otros innumerables males físicos y morales. Deben prestar mucha atención a todo lo que pueda causar daño permanente a su descendencia, arrojándola a una interminable sucesión de miserias. <span class="subrayado">Recordamos en este sentido que la comunidad de sangre entre las personas, ya sea en las familias o en las comunidades, impone ciertos deberes</span>. Aunque los elementos formales de toda comunidad humana son de naturaleza psicológica y moral, su origen material, que debe ser respetado y no puede ser lesionado de ninguna manera.  
     37 </p><p><span class="subrayado">Lo que decimos sobre la herencia puede aplicarse en un sentido amplio a las comunidades que constituyen las razas humanas</span>. Pero el peligro que aquí se presenta es el de una insistencia exagerada en el significado y el valor raciales. Es demasiado bien sabido a qué excesos puede llevar el orgullo de la raza y los odios raciales.»
     38 </p><p>Discurso al <i>VII Congreso de la Asociación Internacional de Transfusión de Sangre</i> (1958)</p></cita>
     39 <p>Como aviso, es evidente que en este texto simplemente estoy marcando una concepción existente de la forma de pensar tradicional de la Iglesia al respecto de la existencia de la raza y de su defensa; evidentemente no estoy pretendiendo casarla con lo que condena en otros puntos, como la superstición que implica exaltar la raza y pueblo sobre la base de criterios materiales, así como un rechazo evidente al neopaganismo racial o al racismo biológico moderno.</p>
     40 <p>La frase quizá más escandalosa del texto es la que más me ha divertido, y que he hecho título de este texto: <i>«el verdadero, propio y sano racismo»</i>, de Pío XI.</p>
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