Del Kathejon
1 de octubre de 2021 • fjbalon
El kathejon es uno de esos elementos misteriosos de la teología cristiana de los que más se ha escrito y, sobretodo, más ha influenciado la teología política desde los Padres de la Iglesia hasta la más cercana modernidad, siendo que grandes autores, santos, teólogos, literatos, juristas han querido abordarlo, con mayor o menor claridad. Es uno de esos elementos que creo que hay que estudiar, y que en el entrado siglo XXI quizá ha sido más olvidado, como el anticristo o la demonología. Es raro oir en ambientes católicos sobre ello, y más aún en homilías; cuando parece que durante toda la historia de la Cristiandad era un hecho que se hacía bastante presente, incluso en el vulgo.
Antes de cualquier lectura, hay que tener en cuenta que el modo en el que deben ser abordadas las Escrituras es ser leídas literalmente, el elemento literal es el básico y fundamental en cualquier interpretación. Que posteriormente el elemento literal no es el único elemento a considerar, y que la lectura debe hacerse en función y en complementariedad del género literario nadie lo discute (regla sobre la interpretación de las Escrituras en Divino Afflante Spiritu, Pío XII). El Apocalipsis es pues, un libro literal, simbólico y profético, que no es histórico ni especifica una crónica anticipada, sino que se describen acontecimientos presentes, plurisignificados a todo tiempo y con un significado escatológico y teológico (especialmente en la Teología de la Historia).
Es necesario, por supuesto, fundamentarse en la distinción patrística y exegética entre tipo y antitipo. Esta distinción, aunque puede parecer evidente, no lo es tanto. El antitipo no es lo contrario que el tipo. Al respecto, podemos encontrar muchas definiciones teológicas con sus respectivos matices pero lo dejaremos establecido de la siguiente forma: el tipo es una figura que contiene alguna realidad futura, por tanto es profético, y especialmente lo que prefigura se habrá de manifestar plenamente tras la venida de Cristo. El término se encuentra numerosas veces en el Nuevo Testamento con diferentes significaciones. En el sentido que lo consideramos se halla en 1Cor. 10, 6 y 111. El cumplimiento del tipo es el antitipo, siendo que toda profecía se desenvuelve en dos planos y se refiere a la vez a dos sucesos: uno próximo (typo) y uno remoto (antitypo).
El profeta describe sucesos lejanos en el tiempo para los cuales hasta las palabras resultan deficientes, pero proyectándolos analógicamente desde sucesos cercanos. No se podrían entender las cosas por venir, sin haber escudriñado las pasadas, sin descubrir el tipo, difícilmente comprenderemos el antitipo que se nos presenta en la revelación. Para John H. Newman, la historia avanza como un círculo siempre creciente, de modo similar, cada era presenta su propia imagen de aquellos sucesos, todavía futuros, que serán, ellos y sólo ellos, el verdadero cumplimiento de la profecía que se encuentra a la cabeza de todos.
«Es manifiesto cómo la Escritura describe las sucesiones de los tiempos [...] los dos Testamentos resplandecen uno sobre el otro [...] porque no puede conocer lo futuro el que ignora lo pasado. Pues si no conozco de qué árbol es una semilla, no puedo saber qué árbol tiene que venir de ella. De donde el conocimiento de las cosas futuras depende del conocimiento de las cosas pasadas. Por esto, Moisés, profetizando sobre las cosas futuras, refirió por revelación las cosas pasadas»
San Buenaventura, Obras XVI (BAC), 491,457
Por tanto el antitipo está relacionado con el modo anagógico (o místico) de interpretar las Escrituras. Los diversos usos de la tipología a lo largo de la época patrística pueden sintetizarse en el díptico latino: Littera gesta docet, quid credas allegoria, moralis quid agas, quo tendas anagogia (lo literal enseña los hechos, lo alegórico lo que hay que creer, lo moral lo que hay que hacer y lo anagógico adónde ir).
Así pues, el estudio escatológico del kathejon proviene de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, II, 6-7, donde San Pablo anuncia la futura irrupción del Anticristo en la Historia:
«6Sabéis lo que ahora lo retiene, para que se manifieste a su debido tiempo. 7Porque el misterio de la iniquidad está ya en acción; apenas se quite de en medio el que por el momento lo retiene.»
Tesalonicenses II 6-7, Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Con esta afirmación legó el Apóstol a la posteridad un problema histórico-escatológico crucial: ¿qué es «el obstáculo» y «el obstaculizante», «lo que ataja» y «el Atajador» (Leonardo Castellani, El Apokalypsis de San Juan, 184-185), aquello que detiene, contiene, retrasa el reinado del Anticristo?
Prácticamente por unanimidad, la interpretación de los Padres de la Iglesia se inclinó en identificar el kathejon con el Imperio Romano (John H. Newman, Cuatro sermones sobre el Anticristo, I), así como también la teología medieval (Josef Pieper, El fin del tiempo, 135). Ésta última fue, precisamente, la posibilidad exegética que Santo Tomás de Aquino consideró en primer término (Super II Epistolam Sancti Pauli ad Thess., II, II). Es curioso cuanto menos la doctrina que uniría al kathejon con el Imperio, siendo éste el perseguidor de los cristianos, el que tortura y martiriza a la Iglesia de Cristo, el mismo que retiene la llegada del que ha de venir en nombre del demonio. Desde una perspectiva cristiana, la figura del kathejon constituye uno de los ejes de la Teología de la Historia así como de una Teología Política rectamente entendida; y considerando la fuerza y autoridad teológica y fundamental de los Padres de la Iglesia así como su Sabiduría proveniente del Paráclito, parece soberbio descartar el pensamiento de los mismos alegremente.
Y en muy alta estima debe estar el estudio del kathejon en los tiempos contemporáneos, que parece que busca ser removido finalmente, si no lo ha sido ya. Y tan vigente y presente es, en cuanto surge patentemente por poco que se repare en que el orden político cristiano, concretado providencialmente en el Imperio Romano que confiesa a Cristo, como paradigma y núcleo político-institucional de la Cristiandad, ya no existe. Los herederos y representantes del Sacro Imperio Romano desaparecieron como consecuencia de los brutales hechos provocados en la segunda década del siglo XX, que terminaron con los tronos de ambos Césares; el de Occidente y el de Oriente, los herederos de Carlomagno y de Bizancio, el Kaiser de Viena y el Czar de San Petesburgo, Beato Carlos I de Austria y IV de Hungría y Nicolás II Romanov de Rusia. Luego, si la doctrina común a los Padres y a los escolásticos es correcta, ¿no existe ya el obstáculo que impidiese la irrupción anunciada del impío?.
Y digo más, ¿qué hace para los Padres y los teólogos que el Imperio sea el obstáculo? ¿cuál es la naturaleza que así lo mantiene?. Se asegura que se debe a que es el cuerpo del orden político-jurídico; en tal sentido y mentando a uno de los más agudos y sugerentes teóricos del Estado del siglo XX, Carl Schmitt, que extendió sus preocupaciones políticas hasta esta ardua cuestión teológica, y la abordó con manifiesto interés en algunas de sus obras (Felix Grossheutschi, Carl Schmitt und die Lehre vom Katechon, 57-121), los Estados modernos herederos de órdenes cristianos -y que subsistían todavía en los años '60-, serían de alguna forma herederos del kathejon, en atributos pero no en esencia. Esta tesis también es respaldada por el Prof. Mario Caponnetto. Estados que no sustituyen al más puro Imperio Romano cristianizado; y, a partir de la translatio Imperii de los griegos a los alemanes, el Sacro Imperio Romano de Occidente, refundado por Carlomagno y extinguido con el Beato Carlos (otros defenderían la tesis -destaco al Padre José Orlandis y al Padre Leonardo Castellani- que data la fecha de defunción del Sacro Imperio en 1806, cuando Napoleón obliga a despojarse del título al Emperador austríaco), como así lo identificaron los Padres y Doctores, y que ha constituido el eje de la Cristiandad, reconocido su soberano primus inter pares entre los príncipes cristianos. El Imperio también simbolizó la continuidad política milenaria del orden romano, civilizador de Europa -un orden cuya existencia providencial para el cristianismo es un tópico de la teología-. Piénsese además en el papel que tuvo el Emperador en los grandes Concilios, cuando se definió el dogma católico. Y todavía en el siglo XX era el Emperador -como cabeza de un Estado que se sabe servidor de Cristo y defensor de la Iglesia, y encarnando la más alta expresión política de confesión de la Fe- quien poseía facultad de veto en la elección papal. Todos signos contundentes de la efectiva participación del laicado en la vida cristiana; de un laicado que hoy sólo puede ser espectador pasivo de cismas, herejías y apostasías dentro de la Iglesia jerárquica. Desde la Edad Media se mantuvo pues, el Sacro Imperio -y, en menor medida, la Rusia imperial, heredera de Bizancio-; y multiplicidad de reinos católicos, cual una variedad de analogados secundarios que, sin la significación histórica, política y eclesial del Imperio, han luchado para instaurare omnia in Christo.
Hay que tener en cuenta que la asimilación del obstáculo y del obstaculizante, del kathejon en neutro y en masculino, al orden romano, tiene que ver con la idea -propiamente romana- de auctoritas. El derrumbamiento actual de la auctoritas, con la consiguiente desnaturalización de la potestas, que se convierte en pura potentia -la sustitución del poder por la violencia es la definición misma de la tiranía- es uno de los rasgos salientes de la crisis política global actual. El concepto de la autoridad romana fue recogido por la Iglesia y de algún modo el Estado moderno (simia Ecclesiae en ese sentido) trató de copiarlo circunscribiéndolo en un territorio y sobre una población determinada. Ahora bien, el propio Agustín señala que el kathejon podría ser la propia Iglesia Católica, Romana, verdadera heredera del Imperio Romano y del Orden Natural y Sobrenatural, bajo la autoridad humana del Papa; que así, sería la Tradición cristiana el obstáculo que culminaría gradualmente con la emergencia del último -y breve- gran imperio, sea el anglo-americano. Sin embargo, hay alta discrepancia teológica en identificar a la Iglesia con el kathejon, puesto que aunque pueda sufrir toda clase de males en su naturaleza humana y militante, es indefectible, en cuanto a Ella -y no a los papas- le ha sido dada la promesa: portae inferii non praevalebunt. Precisamente esta indefectibilidad y la defectibilidad del laicado es un argumento más contra la identificación que estamos tratando. La misma realidad de la historia de la Iglesia da pábulo a la identificación del kathejon con el Imperio, y explica la posición de algunos Padres: el protagonismo del Emperador en los primeros siglos de vida dogmática e institucional de la Iglesia es realmente revelador.
Otra argumentación dice que el Sacro Imperio, en su naturaleza de Orden, subyace y subsiste en el Principio de Autoridad, precisamente cuestionado y demolido en nuestra época, entre los años '68 y los '90. Para René Girard no vería la naturaleza del kathejon sino en el Derecho y la Justicia, emanada de la Ley Natural y perfeccionada en el Evangelio; también no sólo cuestionado en nuestra época sino sustituida por un Derecho Positivista Absoluto, que vuelve a racionalizar los mecanismos de violencia mimética contrarios a la naturaleza; que se materializaría en una sociedad perseguidora de cristianos, como chivos expiatorios, para alcanzar un pretendido equilibrio social (al igual que en los inicios del propio Imperio Romano).
Entonces nos planteamos, ¿qué pasa ahora que ya no existe el Sacro Imperio, sea que tomemos como fecha de defunción 1806 ó 1918?. El Ánomos, el misterio de la iniquidad y el hombre de la iniquidad, tiene hoy un campo de actuación, el capitalismo ulterior al comunismo; el capitalismo que, consumido al comunismo -heredero del liberalismo-, propone un Nuevo Orden Mundial -pasar del pluriverso político al uni-verso, dominación con negación de lo político, como apuntó Schmitt-, que precisamente si tomamos su tesis en la que los Estados cumplen su función de kathejon en atributo -recordamos que no en esencia-, no estaríamos ante la absorción de tales funciones por poderes globalistas que los debilitarían y eliminarían en fundamento de ser. Es decir, fuere como fuere, estaríamos ante la eliminación del kathejon, sea en el Imperio Romano ya difunto, sea en el orden político heredado por el Estado moderno, sea en Principio de Autoridad o Derecho Natural.
El lector puede encontrar más profundización en el tema en: