Le Roman de la Rose y la disyunción medieval
27 de julio de 2024 • fjbalon
Como ya vengo defendiendo tiempo atrás, existe una disyunción entre la Cristiandad y el mundo grecorromano, totalmente naturalizado y cotidiano para el hombre medieval, pero muy ignorado para el hombre posterior. La Edad Media, período amplísimo, es un período puramente cristiano, es evidente; pero eso no es impedimento de ser una continuación de la mentalidad griega y la mentalidad romana, de la pervivencia de los mitos y las costumbres. No en vano, somos los descendientes de los paganos convertidos en Cristo, una conversión que no elimina al mundo anterior, sino que lo perfecciona y lo eleva a Dios: esa es la Cristiandad. Esto parece muy difícil de entender para el vulgo, tanto el Norte de Europa por su puritanismo y tendencia judaizante que trajo consigo el Protestantismo; como en la actualidad por la judaización (y descristianización) completa del mundo; aunque de esto no tienen culpa los judíos, sino quizá los cristianos renacentistas, que iniciaron esa suerte de desprecio medieval, esa acusación de bárbaros y góticos germanos, de alejarse de la estética y la intelectualidad grecorromana...
No obstante, un hombre medieval no tendría ningún problema en leer a los clásicos, en seguir sus arquetipos universales (como defiendo también en Chanterai por mon corage), en entenderlos, ¡si quiera en utilizar a Orfeo o a Hércules como alegoría de Cristo mismo!. Ejemplo de ello hay tantos: la Divina Comedia de Dante Alighieri , prácticamente iniciador del espíritu del Renacimiento, paradójicamente; también la Consolación de la Filosofía de Boecio, el platonismo y el aristotelismo propios de la Escolástica y la teología, los Manuscritos Carolingios...
Pero en lo que me quiero parar es en una miniatura medieval de Le Roman de la Rose (1380, British Library), que fue la obra más leída de la literatura francesa entre el siglo XIII y XVI, ni más de menos. Hoy parece una locura, pues el libro es tremendamente tedioso y pesado de leer y de sobrellevar. Pero entonces era tremendamente popular, sobretodo entre la nobleza. Le Roman de la Rose tiene dos autores, muy diferentes uno del otro.
Algo muy llamativo de la contraposición de ambas partes, al margen de la cultura del autor, es que parece que de Meun va en contra de lo que de Lorris defendía en su primera parte: se termina la idealización de la dama y de andar dando vueltas en el cortejo, de Meun tiene cierta burla y socarronería al amor cortés, y cierta crítica a los jóvenes caballeros y a la nobleza; y parece posicionarse junto a la naciente y pronto poderosa burguesía de las ciudades (y que tanto daño han provocado finalmente en en devenir de Europa).
La minuatura en cuestión es la siguiente:
A primera vista, una escena típica de dos amantes sorprendidos in flagrante delicto de adulterio, abrazados en la cama, mientras el marido sostiene una porra con la que se debe disponer a castigarlos.
Hay elementos visuales que llaman la atención, como lo son los ropajes que lleva el marido, que no son de caballero ni de noble, sino que lleva ropas de artesano. Las sábanas son blancas: en la edad media habría resultado impensable que las sábanas fueran de otros color; pero el cobertor, o colcha como decimos ahora, tiene dos colores. Parece que ya a finales del siglo XIV, del que dataría la minuatura (que no el resto del libro), en algún lugar de la Francia ya se habría inventado el edredón reversible con almohadas a juego... La dama, aunque difícil de distinguir en un primer vistazo, lleva un peinado de trenzas recogidas, algo también muy propio de la moda femenina de la época.
Fruslerías a parte, habría que mencionar finalmente que éstos no son una pareja de amantes cualesquiera, sorprendidos por un marido cualquiera; esta miniatura se encuentra en la segunda parte, la de que escribió Jean de Meun, concretamente a partir del verso 13.840:
De tal forma conocemos que los amantes son Afrodita y Ares, a los que tiende la trampa Hefesto, esposo de Afrodita, y que después de sorprenderlos los atrapará y llamará a todos los dioses del Olimpo para que contemplen a su infiel esposa humillada. El episodio se encuentra en el Canto VIII de la Odisea y ocurre en el Palacio de los Feacios ante Odiseo. Los que saben ponen en duda que de Meun, incluso con toda su cultura clásica, conociera la Odisea en griego en el siglo XIII, yo no lo sé, más bien defienden que debió conocer el episodio por las Metamorfosis de Ovidio, libro que estaba en latín y que fue muy leído entonces. En el libro IV de las Metamorfosis, en la narración de las Miníades, está de nuevo contada la historia. Esta vez los nombres de los dioses son los romanos: Venus, Marte y Vulcano.
Estamos hablando de un episodio de la mitología pagana en un poema medieval, como venimos a defender. Un episodio representado en la Cristiandad, de tres dioses inmortales. Para muchos sorprenderá que una historia mitológica conocida por escrito desde el siglo VIII a.C. se represente se represente en el siglo XIV... Con ropajes medievales y un entorno cotidiano para el francés de ese tiempo, por supuesto. Y es que, para alguien que vive en el siglo XIII y XIV, que tiene cultura, que conoce el latín y escribe, su tiempo es la continuidad de la Antigüedad clásica, y la Antigüedad clásica es lo que está en su pasado y no un mundo perdido. Y es que ese mundo era pagano, y este mundo es cristiano; pues es que en la época medieval los dioses paganos eran tolerables bajo el ropaje contemporáneo con el que podían ser entendidos y asimilados, es el principio de disyunción.
Por supuesto, el lector que quiera podrá encontrar muchísima más profundidad del tema en el excelente blog El bosque de la larga espera , que paso a recomendar encarecidamente.